PPS de México
    inicio | presentación | contacto | www.ppsm.org.mx  
     
  PPS de México
   
   
 


SIN MUJERES NO HAY DEMOCRACIA

• Vicente Lombardo Toledano

Discurso pronunciado en la Asamblea Femenil pro Partido Popular, efectuada el 10 de septiembre de 1947.

Empeñados nos hallamos hoy, muchos hombres y mujeres de México, en construir un nuevo partido político que contribuya a la consolidación y al constante desarrollo del régimen democrático en nuestro país.

Este empeño tropieza, desde luego, con el problema central del sistema democrático moderno: la desigualdad del hombre y de la mujer en la vida de la sociedad.

Es cierto que desde hace ya largos años, al derrumbarse el régimen de la dictadura porfiriana, algunos de los hombres que encabezaron la Revolución se propusieron liberar no sólo a los peones esclavos de las haciendas y otorgar derechos a los obreros de las fábricas y de los talleres, sino también conseguir, como uno de los objetivos urgentes del movimiento popular, el reconocimiento de los derechos de la mujer.

Las reformas al derecho civil tradicional, que gobernó las relaciones familiares durante cerca de un siglo, establecieron derechos para la mujer como madre y como esposa, de que antes carecía.

Poco tiempo después, en la nueva Constitución de la República, se admiten derechos para la mujer que trabaja, considerándola igual al hombre por lo que toca al salario, y estableciendo la obligación para el empresario de protegerla contra los riesgos de actividades peligrosas o de largas jornadas y permitiendo a la mujer que va a ser madre el descanso retribuido antes y después del alumbramiento.

Así se abrió para los mexicanos la etapa histórica de abolir para siempre el régimen de discriminación en que la mujer había vivido siempre en el seno de la sociedad mexicana, enriqueciéndola con nuevas normas hasta llegar a la reforma de la Constitución, que ha de entrar en vigor bien pronto, y que otorga a la mujer el derecho de participar en las elecciones para integrar el gobierno de los municipios de todo el país.

De esta suerte, en el campo del derecho civil, del derecho obrero y del derecho constitucional, la mujer mexicana empieza a ser factor en la vida del pueblo mexicano.

Pero es evidente que lo que se llama, con razón, el problema de la mujer, no estriba sólo en la conquista del derecho, pues su importancia y su profundidad rebasan con mucho el aspecto jurídico del problema.

Estamos aún tan atrasados en este asunto, es tal la ignorancia que la mayoría de los hombres tiene frente al problema de la mujer en nuestro país, es tal la timidez con la que se actúa en esta materia, que es necesario presentar el caso sin eufemismos, en toda su trágica desnudez, ante la conciencia del pueblo mexicano.

Aun entre muchos de los hombres cuyo pensamiento progresista no puede ponerse en tela de duda, frente a algunos de los problemas nacionales, el de la completa y absoluta incorporación de la mujer en la vida nacional es visto de una manera falsa e injusta.

Algunos de ellos creen que cumplen con su deber frente a las mujeres mexicanas adoptando una actitud de donjuanismo subconsciente, que tiene la profundidad de la espuma del mar y también la amargura de su escaso contenido.

Prodigar elogios al espíritu de abnegación de la mujer hacia sus hijos; loar la belleza, la dulzura y el espíritu de resignación de nuestras mujeres, como novias o como esposas; elegir a una muchacha hermosa para que presida las fiestas de los pueblos y exprimir la inspiración de mal gusto y retorcer el lenguaje hasta imputarlo en otros homenajes de tipo semejante a los que se menciona, son pruebas elocuentes de que muchos de los hombres de nuestro país están firmemente resueltos a seguir cerrando los ojos ante el caso de la mujer, sin preocuparse siquiera por el estudio serio del asunto.

Otros creen que la participación en la vida nacional, en el desarrollo material del país, en la formación y en la ampliación de la cultura y en la dirección del Estado, son problemas que sólo corresponden a los hombres.

Estos son, dicho lisa y llanamente, los que creen que la política es una actividad para hombres solos.

Desde aquellos que aceptan como norma los versos románticos y epidérmicos de Salvador Díaz Mirón y que colocan a la mujer ante la vida como la paloma en el nido y al hombre como el león para el combate, hasta los que asisten a los teatros pornográficos en donde las mujeres no tienen acceso, el pensamiento es el mismo: la lucha por transformar el país, por mejorar al pueblo, por establecer un verdadero régimen democrático y por gobernar a la nación, es una actividad para hombres solos.

Pero esta creencia es injusta y absurda.

No hay ni puede haber democracia en donde las mujeres no tienen los mismos derechos del hombre y en donde, en consecuencia, la vida social en todos sus aspectos no está constituida y dirigida por hombres y mujeres sin distinción. La democracia sólo para hombres es tan bárbara y tan incompleta, como lo fue la democracia griega, basada en igualdad de derechos entre los miembros de una pequeña aristocracia, y en la ausencia completa de derechos para las grandes masas populares.

EL PROGRESO DEL PAÍS NO ES POSIBLE SIN LA PARTICIPACIÓN ACTIVA DE LAS MUJERES

Porque ni el progreso económico, ni el progreso cívico, ni el progreso cultural, ni el progreso de la conciencia nacional pueden ser posibles sin la incorporación verdadera de las mujeres en todas las actividades y en todos los derechos que constituyen la vida del pueblo y de la República.

Y en este sentido, la realidad mexicana no puede ser más triste. Voy a dar en seguida algunos números que demuestran, sin discusión posible, el estado real de la democracia mexicana.

Si afirmamos, y nadie podrá contradecirlo, que el régimen democrático en un país no es el régimen de la minoría sino el régimen de la mayoría, el régimen dentro del cual participa la mayoría del pueblo en la vida económica, cívica y cultural de la nación, ahí, en donde la mayoría no tiene esa participación, no puede afirmarse que existe un régimen democrático verdadero.

Ahora bien, veremos cuál es la participación de las mujeres en la vida económica de México. En 1910 había 15'160 369 habitantes en la República. De éstos, 7504 471 eran hombres y 7'655 898 eran mujeres. En 1940, la población total de México ascendió a 19'653 552 habitantes. De éstos, 9'695 787 eran hombres y 9'957 765 eran mujeres.

He mencionado el dato del censo de 1910 sólo para mostrar que si bien la población de México ha crecido grandemente, la proporción de hombres y mujeres en esos treinta años es la misma y equivale a la mitad en cada caso.

Sin embargo, la ocupación de los hombres y de las mujeres difiere de un modo profundo; los hombres están dedicados a las actividades productivas y las mujeres a las actividades improductivas.

Es importante comprobar este hecho. En la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la caza y la pesca, según el censo de 1940, trabajaron 3791 007 hombres y 39 864 mujeres. La proporción es 98.9 por ciento para las actividades de los hombres en esta rama de la producción y 1.1 por ciento para las labores de las mujeres en esa misma actividad económica.

En la extracción de minerales, comprendiendo en esta rama la minería del carbón de piedra, petróleo, salinas, etc., trabajaban 105 397 hombres y 1 309 mujeres. La proporción es de 98.8 por ciento para los hombres y 1.2 por ciento para las mujeres.

En las industrias manufactureras o de transformación trabajaban 567 573 hombres y 72 034 mujeres. La proporción es 88.7 por ciento para los hombres y 11.3 por ciento para las mujeres.

En las comunicaciones y transportes en general, trabajaban 148 559 hombres y 2 911 mujeres. La proporción es 99.1 por ciento para los hombres y 1.9 por ciento para las mujeres.

En el comercio trabajaban 455 770 hombres y 96 697 mujeres. La proporción es 82.5 por ciento para los hombres y 17.5 por ciento para las mujeres.

En la administración pública, comprendiendo todas las ramas y servicios del gobierno, trabajaban 149 361 hombres y 42 227 mujeres. La proporción es de 88 por ciento para los hombres y 12.0 por ciento para las mujeres.

En las profesiones liberales trabajaban 38 708 hombres y 4 011 mujeres. La proporción es 90.7 por ciento para los hombres y 9.3 por ciento para las mujeres.

En trabajos domésticos trabajaban 63124 hombres y 6'420 934 mujeres. La proporción es 0.9 por ciento para los hombres y 99.1 por ciento para las mujeres.

En ocupaciones no especificadas en las actividades que anteceden trabajaban 145 166 hombres y 20 492 mujeres. La proporción es 87.5 por ciento para los hombres y 12.5 por ciento para las mujeres.

En cuanto a la población sin ocupación determinada, la proporción era la siguiente: 4'235 122 hombres y 3'257 286 mujeres, la proporción es 56.6 por ciento para los hombres y 43.4 por ciento para las mujeres.

Por tanto, la organización económica de México era, hasta 1940, y no creo que en la actualidad esa situación haya variado de un modo radical, por lo que toca a la participación del pueblo mexicano en el desarrollo material del país, la misma organización, en consecuencia, que tenía la Nueva España hasta antes de iniciarse la Revolución de Independencia.

A esta participación casi nula de las mujeres de nuestro país, en la vida económica de la nación, corresponde una situación política semejante: las mujeres carecen, hasta hoy, de derechos cívicos. Es decir, no participan en la vida política de la nación.

REPERCUSIONES DE ESTA SITUACIÓN EN LA VIDA DE LA NACIÓN

A esa situación económica y política corresponde una situación cultural parecida; la inmensa mayoría de las mujeres de México, hablo en términos de carácter estadístico, no participan sino de un modo incipiente en la vida cultural de la nación.
En suma, las mujeres de México se hallan al margen de la vida económica, de la vida cívica y de la vida cultural del país. En otros términos, carecen del derecho al trabajo productivo, del derecho al sufragio y del derecho a la educación.

¿Podemos hablar, en consecuencia, de que existe un verdadero régimen democrático en nuestro país, cuando la mitad de la población total de la República no participa en las actividades fundamentales de la sociedad mexicana?

Pero la situación es más grave todavía.

Esta discriminación tremenda de las mujeres mexicanas en la vida de su patria tiene profundas repercusiones en las instituciones fundamentales de la sociedad y crea serios problemas que hasta hoy no hemos siquiera investigado con espíritu científico.

La primera institución que resiente la gran disparidad que existe entre la vida social de los hombres y de las mujeres de México es la familia.

En el seno de la familia mexicana el hombre tiene, tradicionalmente, la obligación de proveer el sustento de la mujer y de los hijos, pero tiene a la vez el monopolio de los derechos de quienes constituyen la familia.

Dentro del cuadro que he presentado, la mujer no contribuye al sostenimiento económico del hogar y este hecho crea un ambiente sicológico que limita las actividades de la esposa y que alarga ilimitadamente, por el contrario, el escenario de la vida del hombre.

La mujer se siente sometida al varón porque se sabe dependiente de él y concluye por administrar sólo la cantidad de dinero que el marido le entrega, reservándose éste el derecho de administrar directamente el patrimonio general de la familia.
En el campo moral la situación es quizá peor: careciendo de derechos políticos la mujer y viviendo el hombre con conciencia permanente de esa circunstancia, la vida política del marido no es compartida por la esposa.

Es ya no sólo tradición, sino modus vivendi aceptado por el marido y por la mujer, la separación del mundo mental de cada uno de ellos.

La inmensa mayoría de nuestras mujeres hablan aún en términos semejantes a estos: "se trata de problemas de los hombres... están discutiendo los señores problemas suyos... quién sabe qué preocupaciones tiene mi marido, derivadas de sus actividades propias... etcétera."

Así, se establece en el hogar mexicano, sin separación de cuerpos y sin divorcio legal, un divorcio más importante que éste; la separación entre marido y mujer respecto de los más importantes problemas de la vida colectiva.

Otra de las instituciones sociales que sufre las consecuencias de la desigualdad de derechos entre la mujer y el hombre es el matrimonio. Contrariamente a lo que se crea, el caso llamado "de las madres solteras", es muy numeroso en nuestro país, principalmente entre los obreros y los campesinos.

Las uniones entre hombre y mujer al margen de la ley no son el fruto de la prostitución ni de la inmoralidad, sino el resultado lógico de la falta de derecho al trabajo productivo, del derecho al sufragio y del derecho a la educación que sufren nuestras mujeres, y también el efecto de los salarios insuficientes y del exiguo patrimonio de los trabajadores de la ciudad y del campo,

La solidez del matrimonio estará asegurada en nuestro país en la medida en que las mujeres se incorporen, al igual que los hombres, en las principales actividades de la vida nacional.

La reciedumbre de la familia será mayor en la medida en que existan no sólo relaciones de afecto entre los miembros que la constituyen, sino también reciprocidad y cooperación económica, política y cultural entre quienes la forman.

No es necesario insistir, en el caso de otras de las instituciones sociales para mostrar cómo la falta de un régimen democrático verdadero hace imposible el progreso de todas las instituciones, principiando por la familia, y de la sociedad misma considerada en su conjunto.

Pero sí es conveniente señalar, también, que la fuerza del pueblo partido en dos sectores iguales por la monstruosa cirugía del retraso histórico es el manantial permanente de muchas de las formas del crimen, de la prostitución y del mantenimiento de los prejuicios.

EL PROBLEMA DE LA MUJER REDUCE A LA MITAD LA FUERZA CREADORA DEL PUEBLO

El problema de la mujer es, pues, en nuestro país, nada menos que el problema que reduce la fuerza creadora del pueblo a la mitad de sus posibilidades, retardando el mejoramiento de las grandes masas populares, frenando el progreso económico de nuestro país, haciendo imposible la existencia de un régimen democrático verdadero y posponiendo indefinidamente la emancipación económica y política de la República.

Malos estudiantes de la vida de México han propuesto, en varias ocasiones, la conveniencia de la inmigración en nuestro país de contingentes humanos de otras naciones, para aumentar el número de brazos y de inteligencias al servicio del progreso económico y cultural de la nación.

Suponiendo que la inmigración fuera necesaria, ¿por qué en lugar de ello no movilizar la enorme riqueza de los diez millones de mujeres apartadas por nuestro régimen social desequilibrado, de las tareas productivas y de las actividades de carácter científico y técnico?

El argumento, todavía en boga hasta principios de este siglo, consistente en afirmar que por razones de su constitución física y sus funciones biológicas la mujer se halla incapacitada para desempeñar las labores que realizan los hombres, carece hoy de validez, pues la experiencia de muchos países del mundo ha demostrado que las mujeres pueden actuar en todas las esferas de la vida común y pueden alcanzar la preparación cultural más alta y refinada.

Cuando se habla de las mujeres distinguidas en el campo del saber o de las artes, sobre todo si se mencionan a las del pasado, es frecuente escuchar para ellas el calificativo de mujeres de excepción, como si se tratara de frutos extraordinarios inesperados de la humanidad femenina.

En la actualidad, en los galanteadores cursis de la literatura provinciana, se da una afirmación semejante, pues ahí está la muchedumbre de mujeres que constituyen su patria, que la defienden y que aportan su valor y su inteligencia para aumentar el acervo de la cultura universal, en los países de todos los continentes en donde las mujeres han adquirido los mismos derechos que los hombres.

Quienes hemos resuelto dar a nuestro país un nuevo instrumento político, el Partido Popular, para contribuir a hacer de nuestro incipiente régimen democrático un sistema cada vez más firme y amplio, con el esfuerzo material y espiritual del pueblo entero que haga de México una gran nación libre y próspera, pensamos que la primera gran tarea del Partido Popular ha de ser la de luchar sin descanso por la incorporación de todas las mujeres en la vida económica, política y cultural de la nación.

EL PARTIDO POPULAR SERÁ EL PARTIDO DE LAS MUJERES

Por eso declaramos con énfasis, seguros de nuestra convicción democrática y conocedores del valor magnífico que representa la gran fuerza potencial de las mujeres mexicanas: el Partido Popular es el partido de las mujeres.

No tratamos de llamarlas al seno del partido para que se organicen aparte de los hombres, porque esto equivaldría a negar la organización democrática del partido y a mantener en su seno la arcaica tesis de la organización política femenina separada de las organizaciones integradas por los hombres.

Por igual, mujeres y hombres serán miembros del partido; por igual, hombres y mujeres lo han de dirigir; por igual, hombres y mujeres enriquecerán constantemente su doctrina y su programa.

El Partido Popular será el partido de las mujeres para luchar por el derecho al trabajo productivo, el derecho íntegro al sufragio, el derecho a la cultura y el derecho a la maternidad, lo que significa económicamente protección para todas las mujeres de México.

El Partido Popular es el partido de las mujeres, porque es el partido de la familia mexicana.

Su empeño más grande será el de hacer de la familia una institución fuerte y limpia, basada en los más puros sentimientos humanos y en la existencia de iguales deberes y derechos entre el hombre y la mujer, convirtiéndola en una institución indisoluble por su gran fuerza creadora y por su enorme función de promotora del progreso del pueblo y de la independencia completa de la nación mexicana.

El Partido Popular es el partido de las mujeres, porque las aceptará como son, con sus grandes virtudes y con sus defectos debidos a nuestro primitivo régimen social, sin pretender ejercer sobre ellas violencia ideológica o moral, para que no simulen un progreso interior ficticio, alejado de la realidad verdadera.

El Partido Popular es el partido de las mujeres porque se empeñará en educarlas, respetando sus pensamientos propios y sus creencias, exigiendo sólo de ellas lealtad hacia el programa del partido y hacia sus grandes finalidades históricas, una de las cuales consiste precisamente en hacer de las mujeres de México una de las dos bases sobre las que se asienta la patria.

El Partido Popular es el partido de las mujeres, porque no es un partido concebido por hombres para construir su fábrica y llamar después a ella a las mujeres de México. Desde el primer día, mujeres y hombres nos hemos asociado para imaginar el partido y hemos tomado la resolución de edificarlo en común para bien del pueblo.

En el Partido Popular los hombres y las mujeres formarán un todo inseparable, una unidad indivisible en el pensamiento y en la acción, un cuerpo que sin las mujeres no existiría y que sin los hombres tampoco podría vivir.

SIN LAS MUJERES NO HAY DEMOCRACIA

La mujer y el hombre han vivido siempre amándose, pero pocas veces se han asociado para amar juntos al pueblo. En el Partido Popular podrán realizar cabalmente este afán recóndito en todo ser humano: el de hacer triunfar la propia vida en la victoria del pueblo al que se pertenece y en la victoria de la humanidad, que es camino y meta para todos.
Sin las mujeres no hay democracia.

Sin democracia no hay progreso del pueblo.
Sin democracia no hay sentido profundo de la patria.
Sin democracia no hay posibilidad de hacer de México un país dueño de sí mismo.
Bienvenidas, por tanto, las mujeres al seno del Partido Popular.

Al iniciar esta gran cruzada en favor de la superación y de la liberación definitiva de México no sólo evocamos la memoria de nuestros héroes varones del pensamiento y de la acción, sino que también inscribimos en las banderas del Partido Popular, en la misma categoría, los nombres de algunas de las gloriosas mujeres precursoras de la nueva mujer mexicana, que en el pasado dieron a la patria naciente su aporte de luz, de grandeza, de carácter, de sacrificio y de inteligencia admirable.

Evocamos aquí con respeto, con orgullo, con devoción, el ejemplo de la religiosa Sor Juana Inés de la Cruz, talento señero en la esfera de las letras universales.

El de Josefa Ortiz de Domínguez, visionaria de nuestra independencia, mujer de hierro para la acción.

El de la revolucionaría de 1910, Carmen Serdán, que tomó las armas para defender a su pueblo y fue a la muerte al lado de sus magníficos hermanos.

El de la señora Sara Pérez de Madero, dignísima y valerosa compañera de aquel gran caudillo popular, el presidente mártir don Francisco I. Madero.

Pero no han sido unas cuantas. Han sido millones de mujeres mexicanas las que, desde hace siglos, han contribuido ardientemente a construir en esta tierra una morada libre y feliz de los mexicanos.

Todas ellas, conocidas o desconocidas, merecen el culto de cuantos queremos la libertad y el progreso de México.

Las indígenas, las campesinas; las dedicadas a las tareas más duras en la sierra y en las montañas son las mujeres del hogar, que cargan sobre sus hombros, en gran parte, el peso de la lucha por la existencia; las soldaderas, que siguieron al ciudadano en armas por la libertad, desafiando los peligros de la guerra civil; las estudiantes y las profesionales que han aportado capacidad al desarrollo de nuestra economía y de nuestra cultura. A todas ellas, a ese ejército inmenso de mujeres que han entregado su vida humilde y generosamente a la creación de México consagramos un homenaje lleno de fervor.

Fuertemente, enérgicamente, intransigentemente, reclamamos y reclamaremos igualdad, libertad, justicia y progreso para todas las mujeres sin excepción.

Vamos a luchar por el surgimiento de la humanidad mexicana. Queremos que el mexicano, hombre o mujer, nazca y viva de verdad. Por eso deseamos borrar para siempre el pasado humillante de la mujer mexicana y los grandes obstáculos que se oponen aún a su liberación.

En el sur de México existe una tribu, la tribu tzeltal, una de las tribus más remotas que sobreviven en nuestro suelo. Las mujeres de esa tribu sufren tal opresión, tal miseria, tal desamparo, que la mayoría de ellas no tiene siquiera el derecho a poseer una cruz en su hogar. La cruz, que es para ellas altar ante el cual prosternarse, signo de consuelo, les está vedada.
Liquidemos, mujeres y hombres de México, hasta la última huella de esta situación dramática en que ha vivido y vive todavía la mujer mexicana.

Yo estoy llamando, junto con miles de mexicanos de muy distintos sectores sociales y de las más diversas creencias e ideologías, a construir el gran instrumento político para luchar contra todo lo que ha oprimido y deprimido a nuestro pueblo.
He dicho que la familia mexicana será la base del Partido Popular. Lo afirmo otra vez. Y digo, además, que el Partido Popular será el más amplio, el más luminoso y el más respetado hogar de todas las familias mexicanas.

Con esta plena seguridad, pienso que el Partido Popular debe, desde ahora, rebasar los límites estrechos de la política rutinaria que se creía era asunto exclusivo de hombres solos.

No más separación ni división de las familias con relación a los asuntos vitales del país.

Unión, unión profunda de la familia mexicana para defender su pan, su dignidad y la libertad de su pueblo.

Madre mía, esposa mía, hijas mías, hermanas mías: invoco la ayuda moral y activa que ustedes me han dado siempre en las empresas de mi vida.

Madres, esposas, hijas, hermanas y novias de todos los mexicanos patriotas y amantes de la libertad: invoco la ayuda de todas ustedes para la tarea de hacer de México la patria limpia, libre y fuerte que todos los mexicanos hemos soñado.

¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!

 
 
www.ppsm.org.mx  

Comité Central: ppsm@ppsm.org.mx
Más información: ppsmexico@gmail.com

 
   
 
Partido Popular Socialista de México
Tel. (55) 5672-2057; Tel. y Fax.(55) 5609-1896
Copyright © 2003 - PPS de México.