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FRENTE ÚNICO Y REVOLUCIÓN PROLETARIA
• Cuauhtémoc Amezcua Dromundo
Primer Secretario del Partido Popular Socialista de México
Sílabo de su intervención en el foro que con el mismo nombre se realizó en el Zócalo de la Ciudad de México a convocatoria del Partido Comunista de México, marxista-leninista, en el marco de la conmemoración de los 31 años de dicho partido. Marzo 7 de 2009.
Agradecimientos.
Agradezco a los camaradas del Partido Comunista de México, marxista-leninista, la oportunidad de charlar aquí sobre estos temas, tan fundamentales para nuestras luchas.
Y los felicito en nombre de mi partido, el Partido Popular Socialista de México, por su aniversario número 31 que están conmemorando.
Ambos partidos venimos realizando un importante trabajo en común que ha contribuido a contrarrestar y revertir la vieja, negativa tendencia al divisionismo de las fuerzas revolucionarias, y a construir mecanismos de unidad en la acción, de convergencia y articulación de esfuerzos con otras organizaciones políticas y sociales, que ya empieza a dar frutos promisorios.
Ambos partidos estamos inmersos en la lucha frentista, contribuyendo a construir el frente que, más allá del nombre que adopte, ha de ser instrumento fundamental para la transformación revolucionaria profunda de nuestra sociedad.
Un abrazo fraternal, camaradas.
La Revolución Proletaria y el ideal de la Sociedad Socialista y Comunista.
Repasemos algunos conceptos básicos que son plenamente vigentes:
La Revolución Proletaria consiste en la toma del poder por la clase trabajadora y la construcción de un Estado dirigido por el proletariado, de la misma manera que el Estado burgués lo está por esa clase social parasitaria. Este Estado Proletario –régimen al que también se denomina dictadura del proletariado- tiene por misión realizar una serie de cambios complejos y profundos de orden económico, social, jurídico, político y cultural, a los que en su conjunto se llama construcción de la Sociedad Socialista.
En la base de esos cambios y como parte fundamental de ellos está el desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas, entre otros mecanismos por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y cambio, y su socialización; por la distribución justa del producto social, del cuál ya no habrá de apropiarse en su mayor parte un grupo breve, sino que se aplicará la fórmula “de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo”, que significa que cada miembro de la colectividad entregue al conjunto de la sociedad su mayor esfuerzo en calidad y cantidad sin otro límite que el de sus capacidades, y reciba a cambio el equivalente justo de lo que aporta, menos la parte necesaria para la acumulación.
Otra parte de esos cambios es la construcción de mecanismos democráticos reales –que no existen en la sociedad capitalista, que es simuladora- por los cuáles todos los trabajadores incidan en las decisiones políticas y sociales, y ya no queden en manos de una élite. Y otra parte más de los cambios consiste en la forja de un nuevo tipo de hombre y mujer, desinteresados, fraternales, generosos, despojados del egoísmo que engendra la explotación de unos humanos por otros, y de todos los atavismos acumulados en varios miles de años de vivir en sociedades de ese tipo, desde la etapa del esclavismo, pasando por la del feudalismo y luego por el capitalismo. Todo este proceso multifacético lleva a la desaparición de las clases sociales no sólo en lo material, sino también en lo cultural.
La Sociedad Socialista es un ideal por el que luchan la clase obrera y los pueblos del mundo, una elevada aspiración, y es incomparablemente superior a la sociedad capitalista en todos los órdenes. Sin embargo es, a la vez, la fase primera de una sociedad aun más desarrollada en todos los aspectos, la Sociedad Comunista. En ésta, ya no será necesaria la existencia de un Estado ni, por tanto, del predominio de una clase social; ya no existirán clases sociales distintas, todos los humanos nos veremos al fin como hermanos y distribuiremos la producción de acuerdo con la fórmula “de cada cual según su capacidad y a cada cual según sus necesidades”; será, en términos de Marx, “una sociedad de productores libres”.
Los partidos comunistas del mundo, como lo es nuestro anfitrión, el Partido Comunista de México, marxista-leninista, y como lo es el Partido Popular Socialista de México, en el que yo milito, tenemos como objetivo histórico llevar a la victoria a la Revolución Proletaria y la construcción de la Sociedad Socialista, ésa es la razón de nuestra existencia.
La Revolución Socialista de Octubre y sus valiosas enseñanzas.
La Revolución Proletaria ha estallado en distintos momentos concretos y en varios lugares del mundo. De esos intentos, algunos han alcanzado la victoria en cuanto a: 1) la toma del poder; 2) el establecimiento de la dictadura del proletariado, y 3) la puesta en marcha de la inmensa tarea de edificar la Sociedad Socialista y dar pasos concretos hacia ese ideal; en los tres aspectos hay valiosísimas experiencias, logros enormes que sientan bases firmes para nuevos avances, aun mayores.
Destaca, por los logros y experiencias que aporta, sobre todo la Gran Revolución Socialista de Octubre, la primera Revolución Proletaria victoriosa, que constituyó sin duda el acontecimiento más trascendental del siglo XX. Lenin fue el genial conductor de la estrategia y la táctica que desembocó en esa grandiosa victoria. La conducción revolucionaria de Lenin demostró la veracidad de la consigna “sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria”, al fundamentar sus acciones en las experiencias procesadas por el pensamiento revolucionario y convertidas en teoría, evitando siempre la improvisación y el aventurerismo; y demostró, al mismo tiempo, que la teoría sólo “es una guía para la acción” y no un conjunto de recetas o respuestas preestablecidas para los problemas concretos a resolver; demostró que frente a éstos, es necesario pensar siempre con cabeza propia y no incurrir en la copia extralógica, principios básicos todos ellos de la lucha revolucionaria que debemos esmerarnos en no olvidar ni descuidar en momento alguno. Pero Lenin jamás fue un dirigente individualista. Encabezó y participó, en todo momento, de una dirección colectiva en el seno de la entonces fracción bolchevique del viejo Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Los bolcheviques ya constituían en los hechos el partido de la clase obrera y fueron la vanguardia política que la condujo a la victoria; poco después, en 1918, constituyeron formalmente el Partido Comunista Ruso (bolchevique), más tarde Partido Comunista de la Unión Soviética. Lenin, con su Partido, fueron también los constructores del Estado Proletario, y el propio Lenin fue el dirigente que puso en marcha la edificación del socialismo en la Unión Soviética y lo guió en sus inicios. En ese camino, la URSS dio pasos de gigante.
Rusia, al triunfo de la Revolución, era el país capitalista más atrasado de Europa, con una sociedad injusta con diferencias abismales en su seno; con graves rezagos por cuanto al desarrollo de sus fuerzas productivas; la suya era una sociedad autocrática y plagada de contradicciones y el proceso de construcción socialista la transformó en pocas décadas en una Unión Soviética próspera, con gran poderío económico, científico, tecnológico, deportivo y militar, sólo superada en algunos de esos aspectos, por la potencia imperialista más poderosa de todos los tiempos, Estados Unidos. Pero en varios campos dejó atrás incluso a Estados Unidos y se puso en el primer lugar mundial, por ejemplo, en la exploración espacial, en la investigación científica en varias ramas fundamentales y en el deporte, entre otras cuestiones. Pero además fue una sociedad que acabó con el analfabetismo, que dotó a toda su población de la más elevada educación y acceso pleno a la salud, que erradicó la desnutrición, que acabó con las injusticias sociales y dio pasos notables en el proceso de construcción del hombre nuevo. En fin, es extensa la relación de logros que convirtieron a la URSS en el país más avanzado del planeta en muchos aspectos de la vida social.
Nadie, ni sus peores detractores, pueden negar con argumentos serios que la Revolución Socialista de Octubre de 1917 abrió una nueva perspectiva para la humanidad. La Revolución Proletaria y el Socialismo, antes de ella, eran conceptos teóricos sólidamente fundamentados, pero con ella adquirieron también la calidad de realidades tangibles, que la brutal ofensiva de la propaganda anticomunista ha tratado en vano de negar aprovechándose del tropiezo y la caída de ese proceso. Pero sus frutos gigantescos ahí quedaron, en la realidad y en la historia, como parte de lo más valioso de la experiencia humana y nada los puede empañar. La Revolución Socialista de Octubre y sus logros en el camino de la edificación del socialismo en la URSS dejan a la vista que el formidable ideal de una sociedad superior, sin explotadores ni explotados, no sólo es eso un elevado y bello ideal, el más grande que haya abrazado jamás la humanidad, sino también una firme posibilidad real. Lo adecuado, jóvenes que me escuchan, es recoger sus experiencias positivas y también examinar sus errores, tropiezos y contradicciones no superadas, que todo eso hubo, pues de unos y otros se puede aprender mucho, y sacar experiencias útiles para nuestra propia lucha.
En la arena mundial, el papel histórico de la Unión Soviética fue extraordinario. Sin su esfuerzo poderoso y a la vez heroico, a la humanidad no le hubiera sido posible vencer al fascismo, que fue una forma oprobiosa, terriblemente amenazante, que tomó el sistema capitalista dentro de su fase imperialista, en ciertas condiciones históricas. Sin la URSS y sus aportes gigantescos y desinteresados, el conjunto de los países de Asia y África no hubieran podido ganar su independencia respecto del feroz colonialismo inglés, francés y de otras potencias europeas. Tampoco hubiera podido surgir victoriosa la Revolución China ni hubiera arrancado con éxito en ese país, el más poblado de la Tierra, la construcción de una Sociedad Socialista. Sin la Unión Soviética no se habrían dado las revoluciones democrático-populares triunfantes en varios países de Europa Central y del Este, ni hubiera surgido, como surgió, un Campo Socialista Mundial. Más todavía, sin la Unión Soviética y su enorme y generosa ayuda, la Revolución Cubana tampoco sería una realidad hoy, como lo ha afirmado en numerosas ocasiones el comandante Fidel Castro Ruz.
Pero, como la realidad es compleja, hay otro hecho que debemos considerar: en el análisis que hace mi partido, no obstante sus enormes avances, sus victorias y logros incuestionables, el proceso de construcción de la Sociedad Socialista no llegó a concluir en la Unión Soviética, mucho menos se llegó al inicio de la fase superior, comunista de la sociedad.A pesar de sus éxitos y su desarrollo sin paralelo, en la URSS no se llegó en momento alguno siquiera a aplicar la fórmula para la distribución socialista del producto social, “de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo”. De hecho no se rebasó la forma de distribución igualitaria, que corresponde a condiciones previas a las de una Sociedad Socialista propiamente dicha, y obstruye el desarrollo de las fuerzas productivas, propiciando el estancamiento; también obstaculiza la formación de la conciencia revolucionaria y el surgimiento del hombre nuevo.
Por eso, por no haber alcanzado la meta socialista, el proceso en la Unión Soviética tampoco adquirió el carácter de cambio social irreversible que, de acuerdo con la concepción materialista de la historia, corresponde a cada estadio del desarrollo de la sociedad respecto del anterior; por eso fue posible su retorno al oprobioso sistema capitalista, que jamás se hubiera dado si la Revolución hubiera alcanzado la fase socialista plena. Se revirtió por eso y, antes que eso, por problemas de orden interno que no pudieron ser superados; y desde luego, por la acción criminal de los enemigos de la clase obrera en el plano internacional, sobre todo del imperialismo yanqui.
Pero tenemos ahí, en la Revolución Socialista de Octubre, un tesoro de enseñanzas en el que es necesario escudriñar para extraerle toda su riqueza, tanto por lo que hace a sus inmensos aciertos como a sus indudables errores e insuficiencias.
Ha habido otros procesos revolucionarios valiosos, también llenos de enseñanzas, como la Revolución China, cuya victoria fue proclamada el 1º de octubre de 1949 por su principal dirigente, Mao Tse-tung, tras una prolongada lucha por liberar al país del ejército invasor de Japón, y tras una también prolongada guerra civil. Como la de Vietnam, la de Corea, las de los países de Europa que emprendieron asimismo el camino del socialismo.
Y desde luego, la gloriosa Revolución Cubana, que ya cumple 50 años de vigencia y con la cual se inicia el ciclo, que será imparable, de las revoluciones victoriosas en nuestra región, América Latina, que igual que la cubana serán revoluciones de Liberación Nacional en un primer momento, y por su propia dinámica, Socialistas, en un segundo momento; que nos llevarán al logro de nuestra Segunda y Definitiva Independencia, ahora respecto del imperialismo yanqui, en lo inmediato, y como corolario, a construir la sociedad sin propiedad privada de los medios de producción y cambio y, por lo mismo, sin explotadores ni explotados.
El frente único como concepción táctica de la Internacional Comunista.
El “frente único”, en su connotación histórica, fue el nombre que la Internacional Comunista dio a la táctica que adoptó en su III Congreso, de 1921. El frente único estaría integrado por los comunistas y los socialdemócratas y su propósito sería que los comunistas actuaran ahí donde estaban las masas, en su mayoría entonces en los sindicatos controlados por los segundos. Fue un repliegue, porque la IC estimó que las condiciones en el orden mundial no permitían por el momento el éxito de la Revolución Proletaria Mundial que había vislumbrado en sus Congresos I y II, de 1919 y 1920. La tarea de los comunistas en el frente único sería la de impulsar el desarrollo de la conciencia de los obreros y su incorporación al objetivo de la Revolución Proletaria. Esta consigna se mantuvo hasta el V Congreso, de 1924. Este congreso criticó una deformación, una interpretación equivocada de la consigna del frente único que se había ido dando entre algunas secciones de la IC, confundiéndolo con una “coalición”con la socialdemocracia, una alianza estable con fines comunes en que los comunistas dejaban su objetivo revolucionario a un lado.
El VI Congreso fue cuatro años después, en 1928, y éste, si bien mantuvo la consigna del frente único como táctica de lucha contra el fascismo, denunció que la socialdemocracia actuaba en contubernio con el propio fascismo, como sucedía en efecto, en Alemania y otros lugares, y en general estaba al servicio del capital imperialista mundial. Ante la inminencia de la guerra, llamó a trocar la guerra imperialista en guerra civil que derrotara a los gobiernos burgueses en cada país, es decir, en Revolución Proletaria Mundial. Y en ese sentido lanzó la consigna “clase contra clase” que consistió, en los hechos, en la cancelación del frente único. La consigna “clase contra clase” al responder a la idea de que otra vez la Revolución Proletaria era inminente, consideró necesario desatar la lucha abierta del proletariado contra la burguesía en el mundo y, visto su entreguismo, la socialdemocracia quedaba del lado de la burguesía por lo que también habría que combatirla.
El VII Congreso fue siete años después, en 1935, y en éste se ejerció una enérgica crítica de la consigna “clase contra clase” del congreso anterior, al que se estimó equivocado por su carácter sectario y porque “… aisló a los sindicatos dirigidos por los comunistas con respecto de la mayoría de los trabajadores, y les hizo perder fuerza, influencia y eficacia revolucionaria...”: Por tanto, resolvió: “...el congreso impone a los comunistas el deber de adoptar todas las medidas prácticas para realizar la unidad sindical…”, que consistiría en “un sindicato único en cada rama de la producción; una central única en cada país; una central internacional única de sindicatos por industrias; una central sindical única sobre la base de la lucha de clases”, es decir, unidad sindical plena sin importar las corrientes políticas e ideológicas, comunistas, anarcosindicalistas, socialdemócratas, democristianos, etc.
Como se ve, el desarrollo del pensamiento marxista, de la teoría revolucionaria, no es ni ha sido nunca lineal, sino dialéctico. Lo que es válido en cierto momento y bajo determinadas condiciones, no lo es necesariamente en otras y menos pasa a ser una verdad eterna ni absoluta. Examina la realidad, y trata de ajustar a ella su acción. Acumula experiencias valiosas y las aprovecha. Encuentra errores y los corrige, cuantas veces sea necesario.
La Internacional Comunista y el desarrollo de la teoría de los frentes.
El VII Congreso fue histórico en muchos aspectos. Entre otros, porque profundizó en el examen del fascismo, y porque desarrolló la teoría de los frentes con mayor amplitud. Ya no se trataba sólo de la táctica del “frente único” entre comunistas y socialdemócratas, sino de abarcar otras fuerzas muchas otras corrientes y fuerzas; tampoco se limitaba a las esferas sindical y de militancias de partido, como había sido en el “frente único”; es más, ni siquiera se limitaba a la clase trabajadora, sino que se extendía también a gobiernos, a medios de comunicación, a otras clases sociales. E incorporaba ahora sí la concepción de las coaliciones de gobierno y, por tanto, a los procesos electorales. En el VII Congreso desempeñó una importante función el destacado combatiente comunista búlgaro Jorge Dimítrov.
De los trabajos del VII Congreso surgieron los conceptos del “Frente Popular”, del “Frente mundial contra el fascismo” y sus componentes, los “Frentes nacionales” y los “Frentes continentales” también contra el fascismo.
La concepción del Frente Popular tuvo logros: En Francia, el Frente Popular se formó con socialistas, comunistas y radicales y ganó las elecciones parlamentarias de 1936, llevando a León Blum a la posición de Primer Ministro. En España, el Frente Popular se integró con republicanos de izquierda, socialistas y comunistas y ganó las elecciones del mismo año de 1936 y llevó a la presidencia a Manuel Azaña. En Chile, el Frente Popular agrupó a los comunistas, socialistas y radicales, e incluyó a la Confederación de Trabajadores de Chile, formada en 1937. Ganó las elecciones de 1938 y llevó a la presidencia a Pedro Aguirre Cerda. No fueron éstas las únicas experiencias positivas, hubo otras, incluso con nombres diferentes pero la misma concepción.
El Frente mundial contra el fascismo tuvo un carácter sumamente amplio. Consistió en agrupar a pueblos y gobiernos del mundo no dominado por el fascismo, para luchar contra éste, independientemente de sus diferencias de estructura político-social, es decir, países capitalistas y socialistas por igual. Y se plasmó y funcionó, en la realidad, aun a pesar de sus grandes contradicciones internas. El peso de la lucha lo cargó la Unión Soviética, como dijimos antes, por lo que su aporte fue decisivo para la derrota del fascismo; pero también es cierto que si no hubieran unido su esfuerzo tantas y tan importantes fuerzas del mundo, la victoria no se hubiera alcanzado.
Y para que el Frente mundial contra el fascismo pudiera construirse y funcionar, fueron esenciales los frentes nacionales y los frentes continentales con ese mismo fin. Pero además, en toda la concepción de los frentes amplios que surgió del VII Congreso de la IC, tuvo un peso significativo la solidaridad de clase más firme, el internacionalismo proletario que concibió, de manera correcta, que una tarea fundamental de la clase obrera y los pueblos del mundo era contribuir con todos los medios a su alcance a la defensa y preservación de la Unión Soviética, primer país del mundo que había abolido la propiedad privada de los medios de producción y cambio y que construía un proyecto socialista.
El pensador marxista y dirigente mexicano, Vicente Lombardo Toledano, entre sus aportes a la teoría y a la práctica de la lucha revolucionaria, contribuyó de manera notable al desarrollo de la teoría de los frentes y a su concreción. En el aspecto específico de los frentes antifascistas, fue uno de los más destacados constructores del frente nacional, en el caso de México, del frente continental americano y asimismo aportó a la edificación del frente mundial. Fue además un teórico, probablemente el que más ha desarrollado la teoría de los frentes en lo que hace a México, en concreto, y en general a América Latina. No se le conoce ni valora lo suficiente.
Trotsky, por su parte, duramente enfrentado contra la dirección política soviética que encabezaba Stalin, se opuso a toda esta concepción amplia de los frentes y los calificó como “capitulación de Stalin” ante a los enemigos de la clase obrera; dijo también que los frentes significaban “…coincidir en todo con las políticas de las democracias imperialistas…”. En contraposición, en 1932 levantó de nueva cuenta la consigna original de 1924, del III Congreso de la IC, del frente único integrado sólo por trabajadores, comunistas y socialdemócratas esencialmente, aunque aceptó que pudieran estar también anarcosindicalistas y otras corrientes.
La teoría de los frentes en el pensamiento marxista y la práctica revolucionaria. El caso de América Latina.
Como se ve, la teoría de los frentes está estrechamente vinculada al pensamiento marxista y a las experiencias revolucionarias. Numerosos dirigentes y pensadores al servicio de la clase trabajadora lo han abordado y hoy cuenta con un desarrollo muy importante.
Regresando a la expresión del “frente único” fuertemente vinculada al III Congreso de la IC, hay que decir que por su contenido conceptual, es equivalente a “frente unido” o “frente común”, significa lo mismo y le podemos llamar de distintas formas.
Tampoco hay una distancia abismal respecto de otros frentes, como el “frente popular” y los frentes contra el fascismo. En todos los casos, la palabra clave es “frente” y se refiere a la acción conjunta de diversos actores, a una forma de alianza entre distintos para alcanzar ciertos objetivos comunes. Todo frente es transitorio, por tanto, porque implica dejar de lado temporalmente las diferencias, posponer el momento en que hayan de ser dirimidas. Hay frentes integrados sólo por miembros de la clase obrera y los hay pluriclasistas. Pueden circunscribirse a la esfera del sindicalismo o a ésta más la de la militancia de partido, o puede ir mucho más allá. Y también pueden variar sus objetivos.
El “frente” es, por tanto, una concepción de lucha que se ha aplicado en distintos momentos históricos y en diversos lugares del mundo, incluso por corrientes revolucionarias diferentes y hasta enfrentadas, pero no se ha referido a las mismas fuerzas en todos los casos concretos, ni se ha planteado objetivos iguales. Por tanto, las cuestiones de quiénes forman el frente y para qué lo integran, son variables; no se ciñen a criterios generales ni podrían hacerlo, sino que cambian de acuerdo a las condiciones concretas. Igual sucede cuando se habla de la “unidad”.
El caso de los pueblos de América Latina, es quizá de entre los del mundo, donde más experiencias hay de concreciones del frente como formas de lucha revolucionaria, por razones de su propio desarrollo histórico. Hay muchas experiencias del pasado, y hoy mismo se están dando frentes con componentes muy amplios, más amplios que los reseñados en la mucha de la literatura teórica revolucionaria; por ejemplo, el componente de los pueblos indígenas que tanto peso tiene en la lucha revolucionaria actual en los casos de Ecuador y Bolivia y que hasta dio pie a especulaciones sobre “nuevos actores”, cuando en verdad se trata de sectores que luchan desde hace siglos. También juegan un rol diversos sectores medios de la población que, en el lenguaje clasista clásico forman parte del heterogéneo conjunto de la pequeña burguesía. Y cuando hablamos de los sectores sindicales y de militancia partidista, el abanico desborda con mucho a socialdemócratas y comunistas, en una realidad mucho más compleja. Relativamente poco se ha estudiado esta experiencia nuestra, porque como bien se ha reconocido en el correcto ejercicio de la autocrítica, los comunistas de nuestra región no hemos avanzado lo suficiente en cuanto a “pensar con cabeza propia” y a menudo hemos incurrido en la copia de experiencias ajenas en el tiempo y en el espacio, y sobre todo a tratar de aplicar la teoría como recetario.
No es que no haya teoría propia, particular, la hay, que enriquece de manera valiosa la teoría general, pero no está suficientemente difundida ni estudiada. Menos se ha profundizado en ella para su desarrollo ulterior. Muchos la desdeñan, por diversas razones, entre otras, por pleitos y diferencias del pasado, entre corrientes revolucionarias. Desde luego también por la intensa acción de desprestigio y deslegitimación que realiza la propaganda burguesa e imperialista contra los mejores dirigentes, para tratar de anular su obra y sus enseñanzas.
Los frentes de América Latina se están dando en la práctica hoy mismo, porque han madurado las condiciones que los hacen necesarios. Porque nuestro sistema económico y social concreto entró en crisis hace ya varios años, décadas más bien, y es una crisis terminal, que exige una solución urgente. Los nuestros son países capitalistas dependientes y es precisamente la contradicción imperialismo-dependencia la que ya no da para más.
No hay salida definitiva para ninguno de los grandes problemas que aquejan a los pueblos indígenas, mientras nuestras economías sigan atadas al capital financiero y corporativo internacional; no hay solución para los problemas de los mineros, ni de los maestros, ni de los electricistas, en tanto las decisiones económicas, políticas y sociales se diseñen fuera, en instituciones como el Banco Mundial, la OCDE y el FMI, que trabajan para los centros del imperialismo mundial y hacen todos sus planes y estudios para favorecer a esos centros. No hay salida para los problemas de los jóvenes ni de las mujeres, cuyo día internacional celebramos mañana, si no logramos independizarnos del imperialismo, que, aunque muchos dan por muerto, es una realidad vigente, hoy más que nunca.
La teoría de los frentes y las condiciones subjetivas para el salto revolucionario en el caso de México.
Hoy, como sabemos, en México, el Poder Legislativo, cuando aprueba leyes y decretos, como regla general no hace otra cosa que plasmar en unas y otros lo que se diseñó fuera. Cuando el Ejecutivo toma decisiones de gobierno, tampoco decide nada de manera autónoma. El problema no parte del carácter ilegítimo de Calderón, ni de la forma en que llegó a la presidencia, francamente desaseada. Antes de él, desde hace un cuarto de siglo, por lo menos, ya sucedía exactamente igual. Por eso no se resolvería con que llegara a la presidencia uno que hubiera respetado fielmente la legalidad electoral y política actual, que está profundamente viciada. Ninguno de estos poderes es autónomo ni nacional. Ni siquiera están al servicio de los capitalistas “nacionales”, tan ricos que son hoy en día, como Carlos Slim, como muchos creen sin profundizar lo suficiente. No es el caso. Menos el Poder Judicial. Los tres poderes, todo el sistema político y el sistema de partidos están al servicio del imperialismo. Igual que sucede en México pasa en los demás países de nuestra región, con excepción de Cuba, que ya se liberó, y parcialmente de Venezuela y Bolivia, que están tratando de liberarse y han dado pasos hacia allá.
Por eso, en nuestra región se dan esos frentes tan amplios, porque no obedecen a la copia extralógica de experiencias ajenas, sino a la necesidad acuciante de nuestra realidad concreta. Los frentes, en nuestro caso, son antiimperialistas por su contenido, por necesidad histórica, económica y social, y tienen como misión romper los lazos de la dependencia económica y política respecto de ese enemigo común de varias clases sociales, de diversos sectores de la población. Y por eso son muy amplios. Por eso es claro que en nuestra región, lo que está a la orden del día es la Revolución de Liberación Nacional y que ésta misma, en nuestro caso, deberá desembocar en plazo breve en otra revolución superior, la Revolución Proletaria, para lo cual no seguiremos el mismo camino que la Revolución de Octubre ni el de la Revolución China o la Cubana, sino cada quien el suyo propio, “sin copia ni calco”, como dijo Mariátegui.
En México, como en toda la región, las condiciones objetivas para el salto revolucionario de Liberación Nacional, están dadas. Pero no basta. Faltan las condiciones subjetivas y es urgente crearlas. La formación de un frente muy amplio –por eso mismo diverso, heterogéneo- pero bien articulado, que tenga claro que lo esencial hoy es la lucha liberadora contra el imperialismo, se llame como se llame, es parte esencial de esas condiciones subjetivas. En esa tarea está empeñado el Partido Popular Socialista de México y se siente honrado de compartirla, más allá de diferentes orígenes y experiencias concretas, con otras fuerzas fraternas y aliadas, sin ánimo hegemonista, que nadie debe tenerlo.
En especial, valoramos el trabajo común con el Partido Comunista de México, marxista-leninista, al que reiteramos nuestra felicitación. Mucho trecho hemos de caminar juntos y al lado de otras fuerzas, pensamos nosotros, y lo haremos siempre con lealtad, con ética y respeto.
Salud, camaradas.
Y una conclusión es clara, la victoria será de la clase obrera y los pueblos en lucha, no tenemos duda al respecto. Lograremos nuestra plena independencia económica y política. Construiremos una Sociedad Socialista y Comunista.
¡Venceremos! |
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