Soy portador del muy cordial saludo de la maestra Marcela Lombardo Otero, Directora General del CEFPSVLT, para el doctor Raúl Izquierdo Canosa, presidente del Instituto de Historia de Cuba y la Unión Nacional de Historiadores de Cuba, así como para el cuerpo directivo y académico del IHC.
Deseo resaltar como un acierto de los organizadores haber convocado a este evento académico para reflexionar sobre la Revolución Mexicana de 1910 en el marco del Bicentenario de la primera independencia de América Latina y el Caribe y desde las perspectivas y desafíos de la contemporaneidad.
Como se dice en los Criterios de partida, es verdad que hay vínculos entre estas tres fases de la lucha de los pueblos de Nuestra América: la hoy bicentenaria, por nuestra independencia de la Europa colonialista, la que estalló en 1910 en México, que caracterizaremos más adelante, y la que hoy mueve a todos nuestros pueblos, por nuestra plena independencia económica y política respecto del imperialismo y por erigir regímenes que respondan a la autodeterminación y aspiraciones de los pueblos mismos. Y también es verdad que es necesario examinar esos vínculos para extraer las valiosas enseñanzas del pasado y tenerlas en cuenta en las batallas que libran nuestros pueblos hoy y las que darán en el porvenir.
Dadas estas características de la Conferencia, en este trabajo pondré a la consideración de los colegas, en sus grandes trazos, las concepciones y propuestas que desarrolló Vicente Lombardo sobre la Revolución Mexicana de 1910 como una tercera etapa de un proceso único, después de la revolución de independencia en 1810 y la de Reforma de mediados del siglo XIX –encabezada por Benito Juárez- y sobre los rasgos medulares de nuestra centenaria revolución. De manera paralela, me referiré al criterio del destacado pensador marxista sobre la existencia de rasgos fundamentales comunes de los procesos revolucionarios de la región latinoamericana y caribeña, y a su convicción de que el socialismo sería el desenlace indispensable de la Revolución Mexicana y de todas las luchas históricas de los pueblos de la Patria Grande. Finalmente, comentaré sobre la importancia de sus aportes frente a los retos de la contemporaneidad.
En numerosos trabajos[3], Lombardo analiza las diversas etapas de la historia de México y América Latina, las formas de organización social de sus pueblos; su economía, sus culturas; las contradicciones entre las clases sociales en diversos momentos de su devenir; las causas de las luchas populares victoriosas y los obstáculos que impidieron que algunas triunfaran. Sus análisis históricos se sujetaron al rigor metodológico del marxismo, pues, como dijo: “...la historia no se puede considerar como una relación de hechos, sino como el examen crítico de las causas que engendran los acontecimientos y de sus frutos, dando preferencia a las fundamentales...”[4]
Por cuanto al proceso histórico mexicano, ya desde 1944 planteó su idea de que existe una “indudable concatenación de las luchas populares en las tres grandes revoluciones históricas: la revolución de independencia, la revolución de Reforma y la revolución iniciada en 1910”[5], que también expresaba comparando esas gestas con los tres movimientos de una misma sinfonía.
Respecto del primer tiempo de la lucha revolucionaria que no se limita al caso de México sino se generaliza en lo que hoy es América Latina, el análisis de Lombardo parte de estas premisas:
Por eso, las luchas por la independencia ya bicentenarias, de acuerdo con un análisis marxista como el de Lombardo, no sólo se debieron al anhelo de libertad política ni a otro tipo de cuestiones que suelen aducir los historiadores burgueses. Estallaron porque las fuerzas productivas materiales, en las Colonias, habían entrado en contradicción con las relaciones de producción existentes, que trababan el desarrollo. Por eso fueron casi simultáneas, ya que toda Nuestra América estaba sujeta al mismo modo de producción y las mismas trabas. Lombardo estima, por tanto, que al triunfar aquellas luchas a las naciones que surgían se les planteó el problema de revisar la estructura económica, social y política del largo período colonial para crear las bases de su nueva vida, pero no lograron cambiar las relaciones de producción ya que la gran corriente política del liberalismo, que promovió la independencia, si bien dio los fundamentos políticos y jurídicos de las nuevas naciones, no consiguió destruir el régimen económico basado en la concentración de la tierra en manos de una minoría y en una serie de estancos, monopolios y privilegios para las castas dominantes. En ese contexto, el desarrollo de las fuerzas productivas marchaba con lentitud, cuando, dice Lombardo,
“... las inversiones extranjeras provenientes de Europa y de los Estados Unidos de Norteamérica intervinieron en la vida doméstica de las naciones iberoamericanas, yuxtaponiéndose en la mayoría de ellas a las formas antiguas de producción con supervivencias semifeudales y deformando su natural desarrollo histórico. De esta suerte, pasaron los pueblos latinoamericanos, en un lapso breve, de su condición de colonias de España y Portugal, a semicolonias del imperialismo internacional.”[7]
En el caso de México hubo un segundo tiempo en la época de Juárez: Casi medio siglo después del llamado de Miguel Hidalgo a la insurrección, los liberales mexicanos al fin consiguieron derrotar militar y políticamente a los conservadores –defensores del viejo régimen-, con la Constitución de 1857, y más definidamente con las Leyes de Reforma, hace cosa de 150 años. Hasta entonces culminó la época revolucionaria que se había abierto mucho tiempo atrás, y al fin existió la posibilidad de que México iniciara su revolución industrial y el desarrollo de su economía, pero otra vez quedaron truncos estos objetivos porque la invasión económica de la época del imperialismo económico lo impidió, prolongando así nuestro rezago histórico. Otros pueblos de la región no tuvieron un momento como el mexicano de la época juarista.
El tercer tiempo: La Revolución Mexicana de 1910, fue, por tanto, el tercer tiempo de la misma gran sinfonía revolucionaria del pueblo de México y se trata de una revolución con muchos rasgos de complejidad, como lo dicen los Criterios de partida formulados por los organizadores de este evento, complejidad que refleja las variadas contradicciones económicas y sociales que existían en la sociedad y las demandas de las clases y sectores sociales de entonces, que Lombardo analiza de esta manera:
“La Revolución Mexicana fue, ante todo, una revolución contra la concentración de la tierra y que había llegado al índice alto en el Continente Americano y en el mundo... [pero] la contradicción entre la gran masa rural y los latifundistas no era la única. Los aparceros, los pequeños propietarios agrícolas y los hacendados con mentalidad capitalista, ligados a los industriales y a los banqueros, se oponían también al régimen de concentración de la tierra. Los productores de manufacturas lo mismo, por el ínfimo poder de compra de las mayorías. El conflicto entre el escaso desarrollo de las fuerzas productivas y las injustas relaciones de producción, provocó el levantamiento del pueblo, de todas las clases y sectores sociales víctimas de esa organización económica asfixiante...”
Y continúa Lombardo:
“En los planes y manifiestos revolucionarios anteriores a 1910, el problema de la tierra es el punto central de las demandas; pero también ocupan un lugar importante las reivindicaciones de la clase obrera, el reconocimiento de sus derechos; entre otros la asociación sindical, la jornada de 8 horas, la huelga y el salario justo. Porque el régimen jurídico del país, basado en los principios de la propiedad individual irrestricta, consideraba el contrato de trabajo como contrato de prestación de servicios sujeto a las normas del derecho civil y calificaba a la huelga como contra la libertad del comercio y de la industria.”[8]
Por todo esto, la de 1910 fue una revolución democrático-burguesa y antifeudal, y fue también una revolución antiimperialista y popular, que Lombardo define así:
“La Revolución Mexicana fue una revolución democrática, antifeudal, y antiimperialista. Técnicamente calificada, fue una revolución democrático-burguesa; pero a diferencia de las revoluciones de ese género realizadas en Europa y en la América del Norte durante los siglos XVIII y XIX, la nuestra se produjo en un país semicolonial, al lado de la potencia capitalista más grande de la historia y en el periodo del imperialismo, cuya primera gran contienda entre sus integrantes fue la guerra mundial de 1914-1918, por un nuevo reparto de los países atrasados de Asia y África, y de zonas de influencia en los diversos continentes de la Tierra.”[9]
Por las características señaladas, y por el momento en el que sucede, de acuerdo al análisis que hace Lombardo la Revolución Mexicana de 1910 fue la primera revolución de liberación nacional en el mundo[10], que se propuso alcanzar la independencia económica respecto del imperialismo, y la plena independencia política, que no se tiene sin aquélla. Logró avances de notable importancia, que no es el momento de detallar. Más tarde, en la década de los ochenta, vino la fase de la contrarrevolución al calor de la llamada globalización neoliberal, cuando una oleada derechizadora y profundamente regresiva destruyó los avances de muchos procesos revolucionarios de los pueblos en todos los continentes del mundo, de la que no escapó el pueblo de México. Los logros de la Revolución Mexicana casi todos fueron destruidos por los gobiernos neoliberales, que sirven a una burguesía entreguista y reaccionaria, y al imperialismo.
De acuerdo con el análisis de Lombardo, en nuestra época, cito:
“... una revolución verdadera… una que cambia el poder público de una clase social a otra más avanzada, no ha de seguir inevitablemente las etapas que recorrieron los pueblos de Europa… que lucharon contra el feudalismo, establecieron los Estados modernos, dieron el poder a la burguesía, desarrollaron el capitalismo y, finalmente, como ocurrió en Rusia en 1917… construyeron el socialismo. El mundo… ha cambiado… Los pueblos que se encuentran en estadios de desarrollo incipiente no pueden tener como modelo o estímulo ni el capitalismo ni su fase final –el imperialismo- porque han visto sus consecuencias y han sufrido su intervención en los asuntos internos de su país...”[11]
Por eso mismo, continúa la reflexión de Lombardo:
“La Revolución Mexicana... no puede seguir... los estadios del desarrollo capitalista. ¿Por qué? Porque hoy la Revolución Mexicana forma parte de la rebelión mundial de los países coloniales y semicoloniales contra el imperialismo.
“Hace cincuenta años, la Revolución Mexicana democrática, antifeudal y antiimperialista fue la única revolución en el mundo de este carácter, con este sello. Hoy hay 100 revoluciones democráticas, antifeudales y antiimperialistas...
“Dentro de este cuadro, dentro de esta correlación de fuerzas, dentro de este momento de desarrollo de los principios políticos, la Revolución Mexicana tiene un horizonte luminoso, la perspectiva de llegar a una democracia de tipo nuevo, rica, auténtica, creadora de nueva vida social: la democracia popular, y tras de ella, la perspectiva de la Revolución Mexicana es establecer en nuestro país el régimen socialista.”[12]
En el mismo tenor, examinando el caso de Cuba, Lombardo enjuició a los enemigos del la Revolución Cubana y el socialismo por acusar a Fidel de pretender pasar, decían ellos, “arbitrariamente” de una revolución democrático burguesa a una socialista, ignorando, aclara Lombardo, que “una revolución democrática que quiere liberar a su país de la férula del imperialismo puede transformarse en una revolución socialista”[13], entre otras razones porque “una revolución nacional y democrática en la época del imperialismo no puede tomar como modelo la organización capitalista de la sociedad, como ocurrió con las revoluciones democrático-burguesas del siglo XVIII y de principios del siglo XIX”[14], y otra vez, de manera explícita, reiteró que “El destino lógico, histórico de la Revolución Mexicana, es también el socialismo,”[15] igual que de todas las luchas revolucionarias actuales de América Latina.
Es decir, en su concepción, la revolución por la plena independencia económica y política, en que estamos inmersos los pueblos de América Latina y el Caribe, y la revolución socialista, son dos tiempos, asimismo, dialécticamente unidos, de una misma lucha revolucionaria, y no dos procesos diferentes.
El análisis que hace Lombardo de la Revolución Mexicana de 1910[16] y del proceso revolucionario de México y América Latina, con riguroso apego metodológico al marxismo, pone a la vista las diferencias esenciales entre el desarrollo histórico de Europa –que fue examinado por Marx y Engels- y el de esta región nuestra. Destaca la intrusión de fuerzas externas, coloniales primero y más tarde neocoloniales, como el factor que impidió el desarrollo de nuestras fuerzas productivas –y lo sigue frenando hoy mismo-, al obstruir el desarrollo dialéctico interno e imponer modos de producción que convinieran a las fuerzas exteriores dominantes y, sobre todo, al saquear nuestros recursos, como sigue sucediendo en la actualidad.
Asimismo, deja en claro que la parte más aguda de la contradicción fundamental en nuestras sociedades hoy, es la que se da entre la dupla imperialismo-burguesía proimperialista, por un lado, y el conjunto de fuerzas y clases sociales que aspiran a liberar a nuestros países.
También evidencia la unidad dialéctica de la revolución por nuestra segunda y definitiva independencia, y la revolución socialista, por la desaparición de la explotación de unos seres humanos por otros.
Lombardo, además de un pensador marxista riguroso, fue también un combatiente sin tregua al servicio de la clase obrera y, por tanto, estuvo inmerso en las batallas diarias que genera el conflicto entre la revolución y la contrarrevolución que, como se sabe, en tanto existan clases sociales antagónicas, es permanente. En esta lucha, lo mismo ocupó las trincheras del combate en la arena del mundo que las de nuestro continente y desde luego permanentemente las internas, las de México.
En este sentido fue el ideólogo más lúcido y productivo de la Revolución Mexicana en su etapa constructiva, y participó en la primera fila en todos los enfrentamientos que se dieron durante el período que va de la década de los veintes del siglo XX, cuando inicia su militancia, hasta 1968, año de su desaparición física. Durante casi medio siglo, por tanto, aportó en la lucha diaria en todos los terrenos, combatiendo a las fuerzas regresivas de dentro y fuera de los gobiernos que se reputaban de revolucionarios, pero que jamás fueron homogéneos y en varios lapsos fueron “revolucionarios” sólo de palabra, como Lombardo lo denunció y combatió con energía. Y también, abriendo caminos, señalando rumbos para que la revolución no se estancara ni abandonara su ruta, y pudiera llegar hasta sus últimas consecuencias, superando la democracia formal, burguesa, para arribar a una democracia del pueblo y más adelante al socialismo. Sus aportes están en la lucha sindical; en el ámbito de la economía, con iniciativas que garantizaran el desarrollo con independencia y progreso del pueblo; en la lucha contra la regresión y el fascismo; en el internacionalismo; en la educación y la cultura, en fin, en todos los frentes significativos, sin excepción.[17] Fue un dirigente político y un parlamentario que hizo historia. Hoy en día es importante y necesario el examen de su legado a las luchas revolucionarias del pueblo de México, los de América Latina y el mundo.