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LA ALTA JERARQUÍA CATÓLICA QUIERE MÁS...
• Cuauhtémoc Amezcua Dromundo
La alta jerarquía de la Iglesia Católica, por sí misma y a través de sus voceros oficiales y oficiosos, proclama que las reformas constitucionales y jurídicas de 1991 y 1992 -que le obsequió su alianza con uno de los gobernantes más negativos de la historia de México, Carlos Salinas de Gortari-, ya no le satisfacen. Quiere más. Nuevas reformas en el mismo sentido, profundamente regresivo. Considera que el momento es adecuado, para conseguirlas.
¿Sus argumentos? La alta jerarquía y sus voceros dicen que a los ministros de culto se les deja como “ciudadanos de segunda o de tercera”, al no otorgarles el derecho al voto pasivo y a una participación plena en la vida política nacional; por eso estarían viendo vulnerados sus “derechos humanos”. Con este mismo alegato demandan se les den concesiones de canales televisivos y frecuencias radiales. Esgrimen los “derechos democráticos de la mayoría católica”, para poner a todo el Estado al servicio de su Iglesia, en calidad de subordinado. Arguyen el “derecho de los padres de familia a dar a sus hijos educación religiosa” para exigir que en la escuela pública se imparta la enseñanza de su religión.
En síntesis, democracia y derechos ciudadanos, son los argumentos preferidos por la alta jerarquía eclesiástica y sus voceros. No son argumentos válidos, sin embargo. No lo son por una razón sencilla: el ejercicio de la fe religiosa y todo lo que concierne a la misma, como las formas de gobierno, como la democracia y sus modalidades de participación, no pertenece al ámbito de la vida pública, sino al ámbito privado, incluso a lo más profundo del individuo. Éste es el aspecto toral de la cuestión, que los dignatarios de la Iglesia tratan de eludir; por eso recurren a subterfugios, como los señalados.
El hecho es que las actividades de los ministros de culto son muy delicadas. Se vinculan en alto grado con la paz espiritual de los feligreses, con su intimidad más honda, con su tranquilidad o la ausencia de ésta. Los creyentes confían en el poder de su fe, no sólo los católicos, la que sea. Las figuras relevantes de una religión, Dios o los dioses; las vírgenes u otras divinidades, en la subjetividad del feligrés tienen todo el poder que se pueda concebir. Tienen poder sobre la vida y la muerte propia y de los seres más queridos; son la fuente suprema de la felicidad personal y también pueden infligir castigos espantosos.
La carga emocional de los creyentes, su sosiego o desasosiego, descansa por tanto, en gran medida, en quienes ejercen el ministerio de la fe: los ministros de culto; son los intermediarios entre los humanos y lo divino. Debieran, por tanto, ser prudentes en alto grado; responsables del enorme poder sicológico y social que deviene de la delicada función que ejercen. A semejanza de los médicos, debieran tener su Juramento de Hipócrates que los hiciera reflexionar sobre qué hacer y qué no; sobre qué es lícito que ambicionen y qué no lo es. Se les debiera infundir, al prepararlos, un profundo sentido de la ética; se les debiera inculcar, entre otras cosas, el no ambicionar el poder económico ni político jamás, puesto que su oficio otorga una gran capacidad de manipulación y abuso; debieran aprender a resistir la tentación, a no hundirse en ella.
Si así preparara la Iglesia católica los ministros de culto, si en ellos predominara la ética, no estarían hablando sus jerarcas de nuevas reformas a la Constitución y a las leyes en el mismo sentido, tan lamentable, de las que exigieron y lograron en 1991 y 1992. Tampoco hubieran demandado aquéllas a su aliado y amigo, Salinas de Gortari. Con esas reformas se privó a la sociedad de varias de las normas de autoprotección que se dio ante la ausencia de ética en la cúpula eclesiástica y se hizo retroceder a México más de una centuria. Si se les inculcara un eficaz sentido de la ética, la Iglesia misma no tendría la negra historia que posee, en México y en el mundo, ni estaría en entredicho hoy mismo, en medio de tantos y tan sonados escándalos por los abusos que cometen sus dirigentes y ministros, de todo tipo, económico y personal, algunos incluso que dejan a la vista lo más ruin de la miseria humana.
Lástima, no es así. En tanto no lo sea, tendremos que cuidarnos de sus ilegítimas ambiciones; tendremos que protegernos de sus abusos; como lo hizo Juárez y los de su generación: la pléyade de La Reforma. Y como lo hizo el Constituyente de 1917.
OTRAS OPINIONES DEL AUTOR
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