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ERNESTO CHE GUEVARA, HÉROE SIN MANCHA

Martín Tavira Urióstegui

Ernesto Che GuevaraPuede decirse que la lucha revolucionaria de todos los tiempos y de todos los espacios de la Tierra, ha sido "Tormenta y Empuje", como se ha llamado a ese gran movimiento cultural en Alemania, de fines del siglo XVIII -precursor del romanticismo- que encabezaron verdaderos titanes del saber como Goethe, Schiller y Herder.

Se ha dado en llamar romanticismo a todo movimiento literario, artístico y filosófico que exalta el sentimiento por encima de la razón. Es más, al llamado irracionalismo en filosofía se le enmarca dentro del romanticismo.

¿Pero la lucha revolucionaria será "irracionalismo romántico"? ¿Será acción guiada por el sentimiento más que por la razón?

Si se estudian las revoluciones que en el mundo han sido, se descubrirá que en ellas latió el sentimiento más puro y generoso; pero el pensamiento más alto iluminó los objetivos y las estrategias de lucha. Si se revisan los documentos más sobresalientes de cada una de las revoluciones que han sacudido y transformado a la humanidad, encontraremos las ideas más lúcidas, los propósitos inmediatos y lejanos que se pueden alcanzar; así como los lineamientos para llevar a la práctica los anhelos.

Cada revolución es alumbrada por la inteligencia del pueblo que la realiza; y también, por qué no, por la alegría, el optimismo; en suma, por la pasión que impulsa a las grandes causas.

Miguel Hidalgo y Costilla, el Padre de la Patria Mexicana, desbordó sus sentimientos aquella madrugada del 16 de septiembre de 1810; pero inspirado en las ideas universales y en la realidad del país, trazó el programa de la Revolución de Independencia. José María Morelos y Pavón, símbolo del talento político de América Latina -no sólo del talento militar como se insiste- henchido de amor a su pueblo -a su pueblo humillado y maltratado durante tres centurias- sentó las bases del México del futuro, redactó la Constitución de las Constituciones -los "Sentimientos de la Nación"- y hendido su pensamiento en la tierra mexicana -mejor dicho, latinoamericana- es legítimamente el creador del Estado mexicano.

Los grandes revolucionarios han sido, sí, románticos que sufren con el sufrimiento de su pueblo y de los pueblos, pero en los que se unen siempre las ideas y los ideales. Parafraseando a Ortega y Gasset, diríamos que el revolucionario ha llevado el corazón a su cerebro y ha metido su cerebro en el corazón. O dicho de otra manera: la pasión junto a la inteligencia; pero siempre los sentimientos al servicio de las ideas. De otra forma, la lucha política se volvería camino sin rumbo.

El revolucionario vibra con las pasiones, pero hace de la política una ciencia: la ciencia de la transformación social y de la emancipación de los pueblos.

El romanticismo sólo es un camino, que puede bifurcarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Por eso también ha habido y seguirá habiendo románticos reaccionarios y proimperialistas; y románticos revolucionarios, llenos de odio contra la explotación y contra el dominio extranjero.

Ernesto Guevara -El Che con mayúsculas- es un romántico, pero al servicio de ideales claros y orientado siempre por una inteligencia cultivada y por una doctrina de validez universal, probada en la práctica revolucionaria: el socialismo científico.

Sus enemigos quisieron desacreditarlo calificándolo de aventurero. Pero el término aventura es equívoco; no tan sólo es contingencia, también es riesgo. Así, el luchador que se lanza al combate y sabe que tiene que afrontar graves peligros, pone en juego su propia vida y por eso mismo merece el reconocimiento y el homenaje de la humanidad. El Che Guevara midió los peligros pero los desafió sin importar su tamaño. Siempre calculó que la grandeza de su empresa estaba muy por encima de los males que pudieran sobrevenir para su persona. Con este criterio le dijo a sus padres en su carta de despedida: "muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades".

Ernesto Che Guevara es un socialista en la medida en que es un antiimperialista y viceversa. Jamás entendió ni aceptó que la lucha de un país fuera encerrada en sus fronteras, confundiendo al enemigo principal con los enemigos secundarios. Una de sus aportaciones más lúcidas es la de considerar que el enemigo fundamental de todos los pueblos es el imperialismo; y uno que tiene nombre muy conocido, porque ha atropellado, saqueado, agredido y ensangrentado el suelo de muchos países del mundo: el imperialismo norteamericano, depredador y esclavizador de naciones. Desde el siglo pasado lo dijo el filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson, de quien -se dice- Martí tomó algunas ideas torales: "... Hay una gran competencia entre el rico y el pobre. Vivimos en un mercado en el que hay únicamente tanto trigo, tanto lana, tanta tierra; cuanto más tengo yo, tanto menos tendrán los otros. Me parece que no poseo bien alguno sin violar las buenas maneras. A nadie le alegra la alegría de los demás, nuestro sistema es un sistema de guerra, de una superioridad injuriosa".

Contra la posición simplista de políticos menores que se dicen de la izquierda radical y que consideran a la lucha antiimperialista como pasada de moda, el Che Guevara siempre renovó, en todo momento y en todas partes, su posición firme e imbatible contra ese enemigo poderoso y taimado, al que es posible vencer.

De ahí también su internacionalismo. Por eso, golpear al imperialismo en países distantes y distintos, fue su gran divisa. "El internacionalismo proletario es un deber -escribió-, pero también es una necesidad revolucionaria... Nuestro sacrificio: cuota para pagar la libertad que construimos".

Entonces, se comprende bien que luchar en otras tierras, diferentes a las del país en que se nació, es un deber de los anticolonialistas y de los antiimperialistas. Por eso a Francisco Javier Mina, "Héroe de España y de México", como le llamó Martín Luis Guzmán, le costó poco trabajo entender las razones de Fray Servando Teresa de Mier, el patriota mexicano de Monterrey, quien le explicó que era indivisible la lucha contra el despotismo de Femando VII en España y el combate por la liberación de México y de América Latina. Por eso murió en nuestro país, en aras de la libertad del pueblo español y por la causa emancipadora de México.

Byron, el poeta inglés, romántico por excelencia, murió por la independencia de Grecia subyugada por los turcos, siendo hijo de un poderoso país colonialista.

El patriotismo no se contrapone al internacionalismo. No hay patriota verdadero que no se solidarice con los pueblos sometidos que quieren labrar su propio destino. ¡Cuántos patriotas dieron su vida y su sacrificio por la defensa de la República Española, mártir del fascismo franquista y de los fascistas alemanes e italianos. Las hazañas de aquel pueblo quijotesco -quijotesco por varias vertientes- son, al propio tiempo, las hazañas de otros pueblos y de hombres destacados que brindaron el apoyo material, político y moral, como Lázaro Cárdenas.

Simón Bolívar previó que "Estados Unidos sembrarían de desgracias a Latinoamérica en nombre de la libertad" y por eso se afanó por unimos como una sola Patria Grande. José Martí "vivió en el monstruo y le conoció las entrañas", y vio a tiempo que una nueva potencia se lanzaría sobre nuestros países. Por eso se desvivió por unir a "Nuestra América", para que se defendiera, multiplicando sus fuerzas.

Esas lecciones las aprendió Ernesto Che Guevara desde su más temprana juventud.

En su intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 5 de diciembre de 1965, denunció, mostrando los hechos y con lógica irrebatible, las agresiones del imperialismo norteamericano contra Cuba y contra otros países de América Latina. Y en su réplica a Adlai Stevenson, representante de Estados Unidos, y a los títeres de varios países de nuestra región, el Che Guevara dejó constancia de su amor por ella:

"He nacido en Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no ofendo la ilustrísima señoría de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en el que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica sin pedirle nada a nadie".

Esas fueron Palabras, con mayúscula, que se convirtieron en Hechos, también con mayúscula. Era la sinceridad revolucionaria, la pasión revolucionaria, la entrega revolucionaria, sin condiciones, sin medias tintas. Y lo dijo ya en Bolivia, cruzando la selva, ante las posturas contradictorias de quienes se decían comunistas en ese país: "lo que interesa son los hechos; las palabras que no concuerdan con los hechos no tienen importancia".

Parecería contradictorio decir que el Che Guevara vivió en el sacrificio de sí mismo y, al mismo tiempo, en la felicidad. La revolución fue la razón de su vida. Por ella estudió y por ella trabajó hasta el límite de la grandeza humana, si es que la grandeza humana tiene límites. ¡Qué podían ser las comodidades para un hombre que nunca estaba satisfecho de su quehacer revolucionario! Cuando se despidió de sus compañeros de lucha en el Congo, frente al pueblo de Kigoma, desde un bote, dijo estas palabras que bien pueden calificarse de muy guevaristas:
"Sólo se es revolucionario cuando se está dispuesto a dejar todas las comodidades para ir a otros países a luchar; quizá nos veamos en Cuba o en otra parte del mundo". Y cuando ya estaba preso en la Higuera, Bolivia, ante la bajeza de un suboficial que quiso humillarlo, preguntándole una burrada, digna de un gorila, burro amaestrado: "¿está usted pensando en la inmortalidad del burro"? Guevara contestó con su proverbial dignidad: "No, teniente, estoy pensando en la inmortalidad de la Revolución a la que tanto temen aquéllos a los que ustedes sirven".

Paco Ignacio Taibo II dice que el Che es un hombre que "no tiene vocación de poder". Efectivamente, llegó al poder con la victoria de la Revolución Cubana. Fue ministro del gobierno revolucionario, muy querido por el pueblo cubano y por los demás pueblos del mundo. Pero consideró que su paso por el poder revolucionario fue una etapa de servicio, sin ambicionar ni pedir nada; como etapas de su vida de luchador considera sus batallas en la Sierra Maestra, en el Congo, en Bolivia.

El poeta venezolano Andrés Eloy Blanco habló, refiriéndose a los líderes de América Latina, de hombres-islas y de hombres-continentes. Ernesto Che Guevara fue un hombre-continente, que "pensaba en términos continentales" como lo dice el periodista I.F. Stone. Si continental era el dominio imperialista, continental debía ser la respuesta, como diría la lógica revolucionaria.

Muchos dicen que el Che no triunfó. Depende de lo que se entienda por triunfo. Como dijo Miguel Hidalgo, los luchadores no siempre alcanzan a ver la victoria de las revoluciones que han encabezado. Pero debe comprenderse que los gigantes como Ernesto Che Guevara triunfan aun después de su "residencia en la Tierra", como diría Pablo Neruda. Lo trascendental es que queda su ejemplo, permanecen sus ideas y sus ideales para las generaciones que les suceden. Hoy el Che apasiona a la juventud y a los pueblos. La pasión guevarista vive y vivirá mientras haya humanidad explotada y pueblos subyugados por el imperialismo.

Los reaccionarios de todos los confines, aliados al imperialismo norteamericano, odian al Che como odian las ideas renovadoras y a los pueblos que las han hecho valer o que se agitan con ellas.

La brutalidad del imperialismo no tiene límites, como no tiene límites el ímpetu de lucha de los pueblos que miran el porvenir sin ataduras externas. El imperialismo yanqui ha querido matar de inanición al pueblo cubano por casi cuarenta años. Con la ley Torricelli y con la ley Helms-Burton, ha pretendido aplastar la soberanía de todos los Estados del mundo con un fin criminal: asesinar al pueblo de Martí. Pero Cuba resiste y resistirá con la decisión de su pueblo y con la solidaridad internacional.

La hazaña de los hombres del yate Granma, las hazañas del Che Guevara en el Congo y en Bolivia, llenan de páginas de oro, el gran libro de la historia de la humanidad.

La juventud de hoy debe aprender de Ernesto Che Guevara su amor a la vida, que equivale a decir su amor a los desheredados. Pero para servirles no se requieren simples frases retóricas o arranques de puro romanticismo circunstancial. Le dice a su hija Hildita en su carta de despedida:

"...hay que prepararse, ser muy revolucionaria, que a tu edad quiere decir aprender mucho... En plena selva boliviana creó la escuela para aprender cultura política y los idiomas quechua y francés. Siempre cargaba los dos tipos de armas: las de fuego y las de luces, es decir, los libros, su alimento diario. Sabía como Lenin, que "sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario".

Ernesto Che Guevara murió inmensamente rico, porque se llevó el tesoro de los pueblos: su genio, su cultura sus ansias infinitas de libertad y su amor. La riqueza material jamás le importó; en ella sacian su hambre los pobres de humanismo, los miserables de la política y la moral. Le dijo a Fidel en su carta de despedida: "que dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea".

Otra parte de su patrimonio fue su inmenso amor por Cuba y su Revolución. Al decirle a Fidel que había llegado la hora de partir, le expresó: "sépase que lo hago con una mezcla de alegría y de dolor: aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura... Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti".

Permítanme robarme las palabras de Francisco Bulnes, ese escritor nada revolucionario, pero vigoroso en su expresión, que dedicó a nuestro héroe nicolaita Miguel Hidalgo, para decírselas hoy a Ernesto Che Guevara, en el trigésimo aniversario de su sacrificio: "su muerte fue más hermosa que la de Sócrates; una muerte verdaderamente jovial y, al mismo tiempo, impregnada de la sencilla dignidad helénica. Llegó al cadalso como a un acto ordinario sin significación; como quien se dirige a la ventana de su recámara para observar si lloverá".

Pasarán los siglos y el nombre de Ernesto Che Guevara resonará en todos los confines de la Tierra. El "fuego volcánico" de su rebeldía jamás se apagará.

 
 
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