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Por Cuauhtémoc Amezcua Dromundo. 17. UNA NUEVA CORRELACIÓN DE FUERZAS Y UN NUEVO EQUILIBRIO, DESDE 1958 A partir de 1958 la correlación de fuerzas en el escenario nacional registró cambios que no se pueden desdeñar, generando un nuevo equilibrio. Con Adolfo López Mateos –1958-1964- llegó a la jefatura del Ejecutivo una corriente distinta de la burguesía, ya no plegada dócilmente al imperialismo. Empezó su gobierno poniendo en libertad a todos los presos políticos, encarcelados por los gobiernos anteriores, acusados del llamado delito de disolución social. Entre los liberados estuvieron varios cuadros del Partido Popular, como Jacinto López, dirigente campesino, excandidato a gobernador de Sonora, fundador del PP y miembro de su Dirección Nacional, y de la organización juvenil del Partido, como Nicandro Mendoza y Mariano Molina, dirigentes de la histórica huelga estudiantil en el Instituto Politécnico Nacional. La Reforma Agraria fue puesta en marcha de nueva cuenta, entre varias medidas positivas. Y, lo más importante, nuestro país retomó la vía de las nacionalizaciones. Algunas de las que se realizaron en esta nueva etapa tuvieron gran peso e importancia en el proceso de liberación nacional, como la de la Industria Eléctrica, que durante los últimos veinticinco años han intentado revertir los gobiernos neoliberales y que el movimiento de masas defiende con energía, sobre todo los compañeros del Sindicato Mexicano de Electricistas. Esta nacionalización es equiparable a la de la Industria Petrolera, realizada por Cárdenas veinte años antes, por su carácter estratégico para el desarrollo nacional con independencia. Nacionalizar la Industria Eléctrica fue una de las demandas históricas del Partido Popular, por la cual luchó denodadamente y contribuyó a construir un amplio consenso entre las corrientes progresistas y revolucionarias, un verdadero frente nacional que la hizo posible. La diferencia con respecto de los dos sexenios anteriores –los de Alemán y Ruiz Cortines- fue muy notoria; tanto que Lombardo la resumió al afirmar que con el gobierno de López Mateos la Revolución Mexicana regresaba otra vez a Palacio Nacional. Desde entonces, México entró en una etapa de contradicciones y luchas intensas en las que se jugaba el porvenir de la nación: por una parte, se abría de nuevo la posibilidad de avanzar hacia la conquista de nuestra independencia económica respecto del imperialismo, pero éste y sus servidores internos, multiplicaron sus actividades para impedirlo. El imperialismo y la burguesía proimperialista controlaban la radio, la televisión y la gran prensa y desinformaban a la población. El clero católico militaba activamente en el mismo bando, de los enemigos del pueblo. Contaban también con su propio aparato político, el Partido Acción Nacional, PAN, fundado en 1939 durante el gobierno de Cárdenas, para combatirlo y obstaculizar todo avance popular. Además, las fuerzas de la burguesía proimperialista en todo momento se mantuvieron actuando dentro del gobierno mismo y de su partido, el PRI, y desde esas posiciones realizaban acciones contra los obreros y campesinos, y contra las fuerzas democráticas y revolucionarias. Desde las esferas del poder político, por ejemplo, se reprimieron varias luchas obreras y populares y, de nueva cuenta, se encarceló a algunos militantes, aprovechando hasta los mínimos errores de conducción. Al Partido Popular se le siguió acosando, tratando de minimizar su presencia y disminuir su capacidad de lucha. Por ejemplo, en la esfera de lo electoral, se le había hecho objeto de burdos fraudes desde que nació a la vida pública, en 1948, pero éstos alcanzaron un nivel escandaloso en los comicios de 1955 y 1958. En las oficinas de los funcionarios del gobierno se inventaron las cifras electorales que se adjudicaron a cada partido: las que asignaron al PP eran ridículamente minúsculas. En función de esos resultados, falsos, le adjudicaban uno o dos diputados, que las propias autoridades escogían de entre los candidatos postulados por el Partido. Los seleccionaban buscando a los menos capaces de dar la batalla en el Parlamento, por su menor preparación o insuficiente experiencia; o a los que juzgaban susceptibles de ser corrompidos y coptados por la burguesía; o también a los que consideraban que, al escogerlos, podrían generar problemas internos a nuestro partido. Frente a tales conductas del gobierno, el Partido tomó la digna decisión de que ninguno de sus candidatos aceptara ocupar una diputación en 1955, bajo pena de ser expulsado, e igual decisión adoptó en 1958. La gran mayoría de los militantes acataron la determinación con firmeza, pero en una y otra ocasión, sin embargo, también los hubo que flaquearon. De esa índole fueron la mayoría de los gobiernos de México entre 1958 y 1982, con sus variantes de matiz, que tenían como aspecto positivo el estar encabezados por una franja de la burguesía que no se plegaba dócilmente a los intereses del imperialismo, aunque tampoco se atrevía a chocar con él de manera frontal; que maniobraba también contra la gran burguesía privada, pero al mismo tiempo la beneficiaba con concesiones de todo tipo; y que, además, mantenía dentro de las filas de su mismo partido, el PRI, y dentro de la administración pública, con frecuencia en posiciones relevantes, a los representantes de la otra corriente de la propia burguesía, la proimperialista. Ésta por su parte se mantenía asechando, buscando el momento en el que pudiera reasumir el control del aparato del Estado de manera total, como en los tiempos de Miguel Alemán, contando para ello con el apoyo de sus amos del exterior. Una muestra de ese extraño equilibrio de corrientes dentro del gobierno y su partido, lo fue el hecho de que tanto Lázaro Cárdenas como Miguel Alemán, personajes antitéticos entre sí, y a la vez paradigmáticos de uno y otro sector de la burguesía, no tuvieron empacho en mantenerse toda la vida como militantes del mismo partido, el PRI; igual que sus respectivas corrientes, practicando una lucha interna, sorda las más de las veces. 18. LAS CLASES SOCIALES Y LAS FUERZAS POLÍTICAS FRENTE A LOS GOBIERNOS DE AQUELLA BURGUESÍA Los actos de gobierno, en esas condiciones, fueron contradictorios en todos los de la fase que va de 1958 a 1982, sin excepción: hubo acciones progresistas, patrióticas, favorables a los intereses populares, en todos ellos, pero también las hubo contrarias a los intereses de la nación, de la clase obrera y el pueblo. Ahora bien, el imperialismo y la burguesía proimperialista, al mismo tiempo que tenían espacios comunes con la franja gobernante, en los que cuidaban de llevar una relación más o menos tersa, sin mayores contratiempos, a sus instrumentos de lucha les asignaron la tarea de combatir frontalmente a sus gobiernos. La radio, la televisión y la gran prensa con frecuencia los acusaron de comunistas o procomunistas, enemigos de las libertades, de la propiedad y la democracia, entre muchos otros cargos, sobre todo cada vez que las autoridades concretaban alguna nacionalización, algún reparto agrario significativo u otra medida cualquiera que no favoreciera a los explotadores del pueblo y la nación. El PAN los enfrentaba asimismo con furia, reclamando cambios profundos que pusieran a México de fijo en la órbita del capitalismo dependiente, en lo político, en lo económico y lo social. Los organismos de clase de los grandes capitalistas privados, como las cámaras patronales, también combatieron siempre a esos gobiernos, sin miramientos. En contraste con la estrategia unitaria del imperialismo y la derecha, la izquierda no tuvo una visión ni una política común frente a esa franja de la burguesía y sus gobiernos. Hubo corrientes y organizaciones que optaron por combatirlos de manera permanente, incluso cuando se producían actos positivos desde la autoridad, aduciendo su carácter burgués. Y por tanto, se pusieron en el mismo lado de la trinchera que el PAN y los demás instrumentos de la burguesía proimperialista, aunque esgrimiendo razones diversas. Por su parte, nuestro partido decidió exigir a tales gobiernos que realizaran acciones rumbo a la conquista de la independencia plena de México; demandarles que avanzaran por el camino de las nacionalizaciones, rescatando los recursos fundamentales de la nación y sus fuentes de producción de carácter estratégico y prioritario; presionarlos para que respetaran de manera escrupulosa los derechos de la clase obrera, los campesinos y las demás capas populares de la población; urgirlos a que llevaran adelante políticas públicas favorables a esas mismas clases y sectores sociales; exhortarlos a que fueran solidarios con Cuba y su Revolución, triunfante en 1959; a que respetaran y honraran los principios fundamentales de la política exterior mexicana que datan de la época de Benito Juárez: el principio de autodeterminación de los pueblos y el de no intervención; a que fueran solidarios también con todos nuestros hermanos latinoamericanos en lucha contra sus dictaduras militares, impuestas y sostenidas por el gobierno de Estados Unidos; exigirles que no se prestaran a los juegos anticomunistas del gobierno yanqui, a sus constantes conspiraciones contra la Unión Soviética y el campo socialista en su conjunto. Y cada vez que aquellos gobiernos actuaron en cualquiera de esos sentidos, nuestro partido encomió esas acciones; explicó a nuestra clase social su significado, y las defendió de sus detractores de la derecha y el imperialismo. Y de igual modo, cada vez que hubo actos de gobierno en sentido opuesto a los señalados, los denunció, condenó y combatió con toda energía. 19. BALANCE DEL PERIODO 1958-1982 Dentro de su complejidad y numerosas contradicciones, aquellos gobiernos avanzaron, sin embargo, en la cuestión toral de la intervención del Estado en la economía, de manera destacada, en detrimento de la concepción imperialista de la llamada “economía de libre mercado”, con la que encubren su dominación y saqueo de los países dependientes y la expoliación creciente de los trabajadores. El papel de nuestro partido fue determinante para que esto sucediera así, sobre todo a partir de la presentación por el entonces diputado Vicente Lombardo Toledano, de la iniciativa para adicionar a la Constitución un nuevo capítulo en materia económica, en 1965. Si bien esta reforma constitucional no llegó a concretarse, sí hubo significativos avances, entre ellos: Primero, las empresas del Estado se multiplicaron hasta llegar a la cifra de 1155 entidades, entre las que destacan por su magnitud, –además de la Industria Eléctrica ya señalada, la de la empresa Teléfonos de México, nacionalizada en 1973, y la expropiación de la Banca, realizada en 1982; también fue nacionalizada la industria aeronáutica, la petroquímica, la minería, las telecomunicaciones, la comunicación satelital y otras muchas, estratégicas y prioritarias. Segundo, ya para 1965 la inversión pública llegó casi a equiparar a la privada, cuestión inadmisible desde el punto de vista de la ya citada “economía de libre mercado” que sustenta como tesis el capital financiero y corporativo internacional. Tercero, más adelante, en la década de los setentas, la inversión pública superó a la privada de manera sustancial, hecho inusitado en el ámbito de las economías no socialistas del mundo. Cuarto: se aprobó la Ley para Promover la Inversión Mexicana y Regular la Extranjera, en 1973, que tuvo un carácter francamente nacionalista y antiimperialista, puesto que fijó en el máximo código jurídico, ramas de la economía que habrían de ser exclusivas para el Estado nacional, y otras en las que podría participar el capital privado nacional en ciertos porcentajes, pero no el extranjero, limitando este último sólo a las actividades en que no pudiera afectar el desarrollo independiente de México y condicionándolo a reglas estrictas que lo sujetaran al interés nacional. El balance positivo de la época también se refleja en aspectos superestructurales importantes, más allá de la base económica: A) Las posiciones de los gobiernos de México con respecto a Cuba fueron de invariable respeto a su régimen revolucionario y de exigencia a Estados Unidos de que no metiera las manos en ese país hermano. B) Fueron de simpatía para los luchadores contra las dictaduras militares proyanquis de numerosos países de América Latina que, perseguidos por sus gobiernos, hallaron refugio y aliento en nuestro país, y no en pocos casos, la base para mantener o reiniciar sus luchas. C) En este período brilló otra vez de manera intensa la política exterior de nuestro país, apegada a los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, como lo había hecho en tiempos de Cárdenas. D) La capacidad adquisitiva de los salarios de los trabajadores alcanzó su máxima histórica de todos los tiempos en el año de 1979. No todo fue positivo, sin embargo; hubo injusticias, como en todo régimen burgués, máxime en un gobierno como los de entonces, en los que coexistían franjas contrapuestas de la burguesía, con intensas luchas internas. Hubo inaceptables actos de represión contra luchadores sociales bienintencionados, aunque no siempre certeros al seleccionar a sus enemigos ni sus métodos de lucha. A pesar de todo, pesaron mucho más los avances. En tanto que a los gobiernos de Alemán y Ruiz Cortines, Lombardo los consideró como expresión de una burguesía parasitaria, corrupta y proimperialista, contra la que había que luchar frontalmente hasta expulsarla del poder, a los de esta época los calificó como los encabezados por una burguesía nacionalista, que sustentaba contradicciones objetivas con el imperialismo por razón de sus propios intereses. Consideró que con esta clase social, nosotros, como partido de la clase obrera, teníamos grandes incompatibilidades; sin embargo, en tanto esa clase social tuviera posiciones encontradas con el imperialismo, la clase obrera y su partido deberían impulsar desenlaces de tales contradicciones que nos permitieran avanzar hacia la liberación de México con respecto del imperialismo. Y valoró el hecho de que ésa no era una burguesía homogénea, pues coexistía en el gobierno con sectores proimperialistas, todo lo cual obligaba a librar una lucha siempre en condiciones complejas. 20. LA LÍNEA ESTRATÉGICA DEL FRENTE NACIONAL PATRIÓTICO Y ANTIIMPERIALISTA El entonces Partido Popular Socialista, por todo esto, ejerció, frente a esos gobiernos una relación caracterizada por: a) independencia absoluta del partido con respecto del gobierno; b) impulso, presión y exigencia al gobierno para que avanzara más por el camino de las nacionalizaciones, sin detenerse hasta lograr la independencia plena de México; también para que sostuviera una política internacional solidaria con los pueblos que estaban en lucha por su emancipación y, asimismo, una política redistributiva de la riqueza nacional, a favor de las masas populares; c) apoyo y defensa de ese tipo de actos de gobierno cada vez que se producían, ya que por su propia naturaleza eran objeto de repudio y descalificación por parte de la derecha y el imperialismo, fuerzas que llegaron con frecuencia a calificar de “comunistas” a los sucesivos gobiernos de esa burguesía, a amenazarlos con golpes de Estado y a llamar al ejército a derrocarlos, al tiempo que convocaban a la población a la desobediencia civil; d) denuncia y combate de todos los actos de gobierno contrarios a los intereses de la nación y del pueblo, que también se producían con frecuencia. Esta línea política, el partido la enarboló con la denominación de línea estratégica y táctica del Frente Nacional Patriótico y Antiimperialista. Fue una línea que, por una parte, permitió al partido una gran influencia en el acontecer nacional; que se reflejó en el hecho de que se mantuviera el rumbo señalado, de creciente intervención directa del Estado en la economía, y también una conducta positiva en otros varios aspectos. Por otra parte, toda esta etapa también fue muy desgastante para el propio partido, porque estuvo permanentemente bajo la más intensa ofensiva propagandística de los medios de difusión masiva al servicio de la derecha y el imperialismo: la radio, la televisión y la gran prensa, que calificaban al partido -precisamente por su línea y los resultados de ésta- como “palero” del gobierno, oportunista y no independiente, y que lo presionaba para que asumiera una línea permanentemente antigobiernista a ultranza, como la de la derecha y el imperialismo, y como la que sí enarbolaban algunas organizaciones de la izquierda. Algunos de estos grupos asumieron igual posición contra nuestro partido, haciéndose eco de las calumnias del imperialismo y sus voceros. La vida, sin embargo, ha ido aclarando el panorama: hoy todas las fuerzas de la izquierda coincidimos en defender lo que aun queda de todas aquellas empresas y ramas de la economía que fueron nacionalizadas, con la única excepción de quienes desertaron del campo de las luchas revolucionarias, que también los hubo, y que acabaron como individuos y agrupaciones al servicio de la burguesía y de la globalización neoliberal.
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